Dicen que las mujeres tenemos el corazón dividido por tabiques de pladur en
los que colgamos nuestros pecados organizados por orden alfabético. Dicen que
en cada uno de esos huecos ponemos una cerradura que sólo se abre con la
combinación secreta de nuestra alma y nuestros deseos. Y uno de esos huecos, el
mayor de todos, es el que reservamos para las adicciones y la pasión
pecaminosa. Un rincón ardiente que palpita y crece cuanto mayor sea el pecado a
cometer…
Se soltó el pelo y con el mismo pasador se soltaron también las risas
infinitas y las noches en vela. Él era la tentación con nombre y apellidos, y
unos ojos verdes en los que era imposible hacer pie, y ella tenía toda la
intención de no guardar las apariencias. La mitad de ella que tenía
las piernas más largas que recordaba haber visto jamás recorrió los pasos hasta
la cama en la que se cometería el mayor de los pecados subida en unos tacones
de vértigo, mientras a su paso iban cayendo al suelo de la habitación la blusa,
la falda y toda la vergüenza que cabe en una copa de ginebra o cuatro de
merlot.
La mitad de él que tenía la espalda tatuada se acomodó sobre el colchón y
observó cómo aquella hembra de cuerpo rotundo y formas voluptuosas se acercaba
a él mientras sus huellas dactilares se borraron al imaginar el contacto de su
piel. El águila que dormía entre sus omóplatos abrió los ojos y clavó las
garras en la almohada.
De pie en ropa interior ante él, parecía tan indefensa como una pantera a
punto a abalanzarse sobre una presa moribunda. Él alargó la mano hasta
encontrar el color de su ombligo y ella se mordió la lengua intentando
disimular las ganas. Entre sus muslos se adivinaba un océano embravecido, y las
bragas de encaje cayeron al suelo arrastrando en su caída todos los poemas de
amor y los días de lluvia.
La mitad de él que palpita declinó el verbo pecar en acusativo, mientras la
mitad de ella en la que las tormentas empiezan de madrugada se inclinó sobre la
cama y sus pechos se balancearon como cerezas maduras bajo el sol de junio.
Asomado al borde de su sonrisa, escribió en cursiva sobre la silueta de sus
pezones el argumento de una noche sin fin, y ella rió con acordes afinados al
son de las aspas del ventilador. Se sumergió bajo una mata de pelo negro como
la noche y ondulado como un mar en calma que olía a vainilla y a silencios.
Sus cuatro mitades se derritieron como cera caliente en el fragor de una
batalla bajo las sábanas de algodón barato, en un hotel en el que el chirriar
de los muelles se convirtió en mil y una bombas que les explotaron entre los
dedos. Cuando las uñas de sus pies pintadas de rojo señalaron hacia el techo,
mientras él se emborrachaba del sabor salado de sus embestidas, supieron ahogar
la voz que les gritaba atravesada en la garganta que aquella sería la primera
de muchas culpas que purgar. Cruzaron a la otra orilla de sus cuerpos y se dejaron
llevar por el calor de su pequeña muerte. Sus ojos se encontraron a las afueras
de la mala conciencia, y en el exterior de aquellas cuatro paredes cubiertas de
papel pintado, la noche se deshizo en estrellas.
Cuando abrieron los ojos, él había recuperado sus huellas dactilares y ella
cruzó las piernas sin pudor sobre el árbol de la vida y la muerte en forma de
triángulo invertido que escondía un palmo más abajo de la marca de los dientes
que él le había dejado un rato antes queriendo conservar durante unas horas o
toda la eternidad el aroma dulzón del que se sabe pecador.
-
- ¿Vas a decirme ahora tu nombre?- le preguntó mientras el águila de su
espalda soltaba la almohada y le clavaba las uñas en el ventrículo derecho.
-
- Sólo si me escribes una canción…- coqueteó ella. Se subió las bragas y la
habitación se volvió oscura de repente.
Él sintió que moría un poco cuando ella se puso la blusa y se recogió el
pelo en un moño alto que le devolvió la apariencia de mujer devota que tenía 2
horas antes en la barra del bar en el que sus ojos se encontraron por primera
vez.
Ella saboreó otra vez la hiel de su boca y mientras se retocaba el carmín
vio en el espejo el reflejo de una partida de ajedrez en la que su perversión
marcaba jaque mate sobre el tablero de su conciencia, y el desenfreno ganó otra
partida. Sin bajarse de sus tacones, se subió la falda y todo cuanto él podía
ofrecerle desapareció en la sonrisa vertical que ella le regaló a horcajadas al
borde de la cama. Él clavó las uñas en las caderas de aquella diosa de mármol
blanco que se le ofrecía entera y vació su ansia en las costuras con que ella
había remendado su existencia. Lamió con hambre el camino que se abría entre
sus pechos y se dejó caer en la cama y en la negra inmensidad de los ojos de
ella.
Ella recompuso deprisa su ropa y su deseo mientras volvía a mantener el
equilibrio sobre una moqueta raída, testigo de encuentros furtivos y palabras
de falso amor. Se bajó la falda y le lanzó las bragas a la cara. El látigo
agrio de su ausencia chascó sobre su espalda y despertó al águila que dormía
ajena. Él cogió las bragas y se las llevó a la nariz, y de pronto el mundo se
paró a su alrededor. Aspiró profundamente el elixir de la traición consentida y
se juró a si mismo que en adelante el sería el único que escribiera en braille
entre los muslos generosos de ella.
-
- Estaré aquí el próximo jueves a la misma hora.- le escupió desde la cama
aún con la respiración entrecortada y su piel bajo las uñas. El águila se
sacudió y extendió las alas sobre el colchón empapado en sudor y lascivia.
Ella guiñó un ojo desde la puerta y el aire se hizo más denso por un
instante. Se dio la vuelta y cerró de la puerta y la posibilidad de un nuevo
asalto al tren del deseo le nubló la vista. Se colocó la blusa y aplacó las
cenizas de un fuego abrasador que le mordía la entrepierna, y se fue meneando
las caderas, llevándose con ella las ganas, la pena, su nombre y las llaves del
coche.
Él pensó que no volvería a verla mientras se vestía frente a la ventana y
la veía irse deprisa como si fuera a misa de 7. Ella supo mientras se
santiguaba que acababa de recibir las llaves de las puertas del
infierno. Arrancó el coche de alquiler y se fue sin mirar atrás, pisando a
fondo el acelerador y saboreando aún el regusto agridulce de lo prohibido
latiéndole en los labios… y en la boca.
Dicen que las mujeres reservamos un lugar especial en nuestro corazón para los pecados que aún no hemos cometido. Y cuando los cometemos, reservamos un lugar especial en la agenda, en el cajón de la ropa interior y en la ducha.
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